Entra Cáliban con un haz de leña. Se oyen truenos.
CÁLIBAN:
Que todo lo que hay d einfecto y el sol absorbe
en charcas, marismas y pantanos, caiga sobre Próspero
y poco a poco lo cubra de peste... Me escuchan sus espíritus
y aún así he de maldecirlo. Nadie me pincharía,
nadie me asustaría con puercoespines, nadie me echaría
al fango, ni me confundiría -tal fuego fatuo-
en mi camino, si él no lo ordenara.
Por cualquier nimiedad los azuza contra mí.
Unas veces son seres simiescos que me gritan
y me hacen muecas para luego morderme. Otras son erizos
que se revuelcan en mi sendero dejando pinchos
bajo mis pies descalzos. Otras veces culebras
se me enroscan y me vuelven loco silbándome
con lenguas bífidas.
William Shakespeare
La Tempestad. Acto II, Escena II.
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